Oh my God!!!

God-sky

 

 

Aquel mediodía, en aquella habitación de aquel hotel de aquella estrecha calle, deje salir a mi verdadero yo. Fui yo de rodillas ante Dani, mientras el agarraba mi pelo y guiaba mi cabeza hacía su placer, fui yo cuando exhausta, tumbada en el suelo volví a llenar mis caudales al contacto de su lengua con mi sexo. Fui yo cuando le pedía más y cuando le pedía que parase. Y fui yo cuando  le miraba con ojos de asombro por todo lo que estaba sintiendo, por como hacía con cada movimiento de su cadera que notase cada milímetro de su piel profanando la mía. Dani me llenaba de tal manera que no dejaba de descubrir puntos nuevos sobre los que alcanzar el placer.

Aquella fiesta de sexo duró cerca de cuatro horas y por supuesto yo no llegué al colegio y hubiese sido capaz de no salir de aquella habitación pero algo dentro de mí me advertía del peligro que corría mi corazón si permanecía allí entre los brazos de Dani.

Salí del hotel con una sonrisa tranquila, plena y más segura de mi misma que nunca. Ser capaz de sentir mi cuerpo de esa manera me abrió los ojos hacía una nueva forma de amar y amarme. Hasta entonces, siempre, incluso en mis más tórridos encuentros con Dani yo me había contenido, había disfrutado lo que me habían dejado, había aceptado los límites de los demás pero en aquella habitación había sido yo la que marcaba mis límites , yo había guiado las manos de Dani, yo había devorado su sexo mientras con mis manos me llevaba al límite del placer y había disfrutado como nunca.

Ya en el taxi de vuelta a la oficina a recoger mi coche saqué el móvil del bolso, 18 whatsapp de Ismael, 25 de la madres del cole debatiendo sobre la conveniencia del uso de mochilas de ruedas y 8 llamadas y un whatsapp de mi marido “Dónde coño estás?, Tu hijo se ha roto un brazo le llevo al hospital”.

La sonrisa que llenaba mi cara se desdibujo, comencé a temblar como una hoja y ahogué un grito mientras prometía al mismísimo Dios al que había mentado tantas veces en las últimas horas que no volvería a cometer otro acto de semejante impureza. Solo me falto santiguarme y buscar un rosario en el bolso, cualquier cosa antes de enfrentarme a mi marido.

 

Hotel sexy hotel.

cartel

Aquella mañana no era capaz de concentrarme, no dejaba de fantasear acerca del sexo con Ismael  Aquello me tenía dispersa y excitada. Miraba el teléfono continuamente, dudaba si enviarle un mensaje, si comenzar de nuevo aquel juego de adultos pero la  certeza de que si me lo proponía acabaría follando con él aquella misma tarde hizo que me contuviese. Y no es que no me apeteciese probar todo su cuerpo, es que también sabía a ciencia cierta que una vez conseguido el orgasmo ya no habría juego y esta situación era demasiado excitante como para dejarla ir.

Traté de distraerme en otros pensamientos pero todos acababan llevándome al mismo lugar. A medio día me rendí cogí el teléfono y escribí ” te quiero dentro de mí”. Dejé el teléfono sobre la mesa y dos minutos después el sonido de un silbido me anunció que ya tenía respuesta.

“Nos vemos en mi casa en 15 minutos”

“Si no te importa prefiero un hotel. Yo me encargo. Te mando un mensaje con los detalles”

Cinco minutos más tarde volvía a escribir a Dani. ” Calle Canillas 59. Dame 20 minutos y te doy el número de la habitación”.

Salí de la oficina como cada día a la misma hora en la que salgo a comer a casa pero según bajaba en el ascensor escribía en mi teléfono “gabinete de crisis en la oficina, no como en casa , espero que me de tiempo de ir al cole si no puedo te aviso. te quiero”. Paré un taxi, le dí la dirección y note como la impaciencia me quemaba entre los muslos.

Era un hotel pequeño en una calle estrecha, nada lujoso, era claramente uno de esos lugares a los que la gente va a tener sexo. Y yo era una de esas personas.

La habitación estaba en un edificio anexo cruzando un patio interior al que asomaban numerosas ventanas de las viviendas que rodeaban el hotel. De algunas de aquellas ventanas salia el olor del medio día, guisos y ruidos de cacharros en las cocinas, voces de madres que llamaban a sus hijos y maridos a la mesa. Me quedé parada en medio de aquel patio sacado de una película de Fellini y por un momento pensé que esas mujeres estaban haciendo lo que yo debería de estar haciendo en ese mismo momento y sin embargo me dirigía a la habitación 213 de un sórdido hotel a follar con Dani.

Los muebles y la moqueta parecían haberse quedado en los años 80 y el baño una década antes. Abrí el agua del bidé, me quite las medias y las bragas y lave mi sexo con mucha suavidad. Estaba segura de que si lo rozaba un poco más fuerte tendría el primer orgasmo sin Dani dentro de la habitación ni dentro de mí.

Unos minutos más tarde abría la puerta semi-desnuda sin plantearme siquiera que pudiese ser otra persona distinta a la que yo esperaba. Mordí su boca al besarle, le agarré la mano para hacerle entrar, cerré la puerta y apoyé mi espalada sobre ésta, subí la falda hasta las caderas y Dani supo lo que tenía que hacer.

Yo estaba empapada ya, él alargo su mano y acarició mi sexo después llevó sus dedos a mi boca y a la suya y pude conocer a que sabía mi deseo.

“No creo que aguante mucho más”.

“Al menos déjame hacer que acabes en mi boca” y se puso de rodillas separó mis piernas y hundió su lengua en mi sexo. Sólo con el roce frío de su saliva sobre mi ardor tuve el primer orgasmo de mi hora de la comida….

 

 

Baño de placer

5348163376_9497556268_z

 

 

Antes de llegar a casa, quitarme los zapatos, dar un beso y un achuchón a mi hijo y un casto beso a mi marido, tenía 5 mensajes de whatsapp de Ismael en mi móvil. Se quedó con las ganas de más y yo también:

Me ha encantado conocerte”

¿Puedo seguir conociéndote otro día?”

No me he enterado de nada en la reunión de hoy, no podía dejar de mirarte”

Me haces un hueco en tu agenda?”

Cenamos o tomamos algo cuando puedas?”

Estaba ilusionada con mi juego de seducción con Ismael, me sentía atractiva, fascinante a la vez que misteriosa y enigmática al no contestar sus mensajes:

no contestas??? Estas dándote ese baño?”

Y no, no iba a contestar todavía. Me había hecho a la idea de darme ese baño relajante, perfumado y espumoso, mientras mi marido preparaba la cena con mi hijo.

Me desvestí, llené la bañera de agua muy caliente, sales, espuma y lentamente introduje mi cuerpo también caliente en el agua. Que maravillosa sensación sentir la calidez del agua en mi piel, la espuma que acariciaba mi cuerpo, el ardor de mi sexo excitado en contacto con el líquido templado.

Pensaba en Ismael y como me gustaría que estuviese imaginándome desnuda en la bañera. Comencé a imaginar que me miraba mientras yo contorsionaba mi cuerpo en busca del calor y la suavidad del agua. Le imaginé acariciando su sexo mientras me miraba, mientras me pensaba.

La imagen que se estaba formando en mi imaginación, yo desnuda cubierta de espuma e Ismael tocándose mientras yo me sumergía, estaba excitándome tanto que no tuve suficiente con las caricias del agua y mis manos cobraron vida, lenta y delicadamente masajee mis pechos, mi vientre, mis muslos entretanto me retorcía de placer imaginando a Ismael masturbándose frente a mi sin poder tocarme.

Con los ojos cerrados escuchaba en la planta de abajo el cacharrear de mi marido y mi hijo entretenidos y yo sentía a Ismael muy cerca, mirándome, observándome, deseando tocarme, palparme, rozarme, penetrarme. Mi sexo palpitaba sumergido en el agua esperando mis manos, buscando el contacto que no llegaba.

Mi respiración entrecortada dio paso a unos discretos y suaves jadeos cuando mi dedo corazón rozó mi entrepierna vibrante y no pude resistir la impaciencia, el deseo de llegar hasta el final, alentada por la imaginaria visión del brillante y centelleante pene de Ismael entre sus manos. Mis dedos se hundieron en mi sexo agitado, moviéndose al ritmo furioso que demandaba mi ansiedad.

Ahogué los gemidos de mi orgasmo como pude y visualicé a Ismael por última vez rezumando y chorreando los restos de su clímax con cara de satisfacción.

Me sequé, me vestí y contesté a sus mensajes:

“Perdona, estaba dándome un baño. Ha sido muy relajante”

A lo que él contesto:

“Te estaba imaginando en la bañera. Cuando podemos vernos?”

Pensé un rato, organicé mentalmente mi agenda, pensé en vernos para cenar pero la nocturnidad invita a algo más y no estaba dispuesta a acabar con mi juego de seducción, ni a mis fantasías.

Podría ser el jueves para comer”

y no podría ser para cenar?- preguntó

Esta semana no puedo, la que viene quizá” mentí

Está bien, nos vemos el Jueves para comer”.

 

Jugamos?

one_red

 

Mis encuentros con Héctor se convirtieron en algo tan habitual que de pronto me vi inmersa en una rutina sexual que dejó de parecerme excitante.

A veces, durante aquellas semanas llegué a plantearme si lo que me estaba ocurriendo era normal o si algún facultativo podría catalogarlo dentro de las patologías mentales enumeradas por la OMS.

¿Cómo era posible que algo que me estaba proporcionando tanto placer físico me aburriese? Me aburrían las mismas manos, la misma lengua…ya habíamos probado posturas, lugares, horas diferentes y el sexo era rutina, no me aportaba nada nuevo.

Las conversaciones con Héctor eran simples, siempre iguales: bomberos, músculos, correr, proteínas.  No había emoción en nuestros encuentros, sabía que íbamos a acabar follando. Así que decidí acabar con aquello y  me sorprendió la facilidad con que dije adiós. Obvié sus ruegos, me resulto incluso tierna su persistencia y me hizo sentir poderosa. Descubrí el poder del sexo, el poder de mi sexo y fue así como pasé a mi segunda aventura.

Conocí a Ismael en un curso sobre técnicas de marketing en el mercado farmacéutico.  Una de esas horribles ponencias a las que mis jefes me obligan a asistir.

Ismael estaba sentado frente a mí y yo diría que se aburría tanto o más que yo. Tenía el pelo castaño, los ojos marrones. No podía decirse que fuese guapo pero sí resultaba tremendamente atractivo. Era totalmente opuesto a Dani y a Héctor, no era carne de gimnasio y era evidente, pero no estaba nada mal, un tipo cuidado.  Creo que esa fue la causa de que mi cerebro empezase a funcionar y el efecto fue la reacción de mi cuerpo que su puso en función  “ceremonia de seducción”.

Hasta ahora con Dani y con Héctor me había dejado llevar. Ellos habían tomado la iniciativa y yo había sido la seducida, la conquistada. Pero con Ismael fui a por todas. Con Ismael yo decidí y para mi sorpresa descubrí que seducir es como montar en bicicleta aunque los primeros pedaleos cuestan, una vez que empiezas a rodar, a sentir el aire en tu cara, ya no puedes parar. Y eso me ocurrió a mí.

Le miraba y mordía el lápiz, pasaba la mano por mi cuello sin dejar de mirarle y sin quitar mis ojos de los suyos me atreví a desabrochar un botón de mi blusa  de forma descuidada y entonces fue cuando Ismael se acomodó en su  asiento y con un gesto espontaneo se mordió el labio mientras aflojaba el nudo de su corbata. En ese instante me di por vencedora.

Se removía  intranquilo en su asiento, yo mantenía la calma en el mío, mirándole desafiante, cruzando y descruzando las piernas lentamente bajo la mesa de cristal, me tocaba el pelo y acariciaba mi cuello desnudo, jugaba con el lápiz en mi boca.

No tengo ni idea de que iba la ponencia, no aprendí nada de marketing pero si de técnicas de seducción. Cómo una mirada  directa  y sugerente es más efectiva y más divertida que un whastapp o sms  obsceno. Cómo mi boca entreabierta  y la hidratación de mis labios con mi lengua podían provocar  el deseo de besarla, cómo el movimiento lento de mis piernas era capaz de suscitar el desasosiego en mi oponente masculino.

 

Me estaba divirtiendo muchísimo con mi puesta en escena y quería continuar, pero llego el descanso para comer, si me acercaba a Ismael, si hablaba con Ismael abierta y directamente se acababa mi jueguecito, de modo que me las ingenié para evitarle, para hablar con todo el mundo menos con el pero sin dejar de mirarle, sin dejar de sugerir con mi mirada y con los movimientos de mi cuerpo, sin acercarme y sin dejar que  se acercara. Quería ponerlo a cien sin hablarle y sin tocarle, quería provocar el deseo.

De vuelta a nuestros asientos y mediante gestos me hizo ver su decepción al no haber podido hablar conmigo. Sonreí de forma traviesa y le ignore durante la primera media hora del rollazo de ponencia, quería ver su reacción, quería sentir su mirada en mí…  y lo que vi por el rabillo del ojo fue una consecución de movimientos  disimulados intentando captar mi atención. Y le mire y sonreí.

Cuando terminamos, me entretuve todo lo que pude en recoger mis cosas, quería darle tiempo para acercarse a mí y no tardo ni dos minutos.

-¿Tienes algo que hacer ahora?- dijo acercándose a mi oreja.

-Pues si, quiero llegar a casa, quitarme los zapatos y darme un baño mientras me tomo una copa de vino – dije con toda la naturalidad del mundo, no iba a serle tan fácil.

-Y… ¿No podrías tomarte la copa de vino conmigo? Y el baño si quieres también- dijo sonriendo.

Y me hice la remolona y me invente excusas  y coquetee, coquetee como hacía tiempo que no hacía.

En aquel momento lo que más me apetecía era tomarme un vino y seguir conociendo a Ismael, seguir jugando con Ismael, seducir a Ismael, tontear, cortejar, flirtear, entretenerme  y divertirme con Ismael. Lo que no me apetecía era ir a su casa o a un hotel o al coche o a un rincón oscuro y follar porque entonces se acabaría el juego.

Y yo quería jugar.

Salir a correr

foto 1

Repetí con Dani, si lo hice. En los vestuarios del polideportivo, en el baño, en su casa, en varios hoteles, en su coche, en mi coche… Sucumbo con facilidad a los vicios que me producen placer, como el café, sin el que no puedo dar un paso por las mañanas, al baño relajante de los jueves, a la lectura de un buen libro, a veces no puedo parar hasta que lo acabo, sucumbí al tabaco una temporada, pero lo dejé. Me gusta beber vino, me gusta comer, estoy enganchada al chocolate… y a esta larga lista de vicios tengo que añadir uno nuevo: correr.

Quise ponerme en forma para afrontar mis maratones sexuales y las diferentes posturitas que estaba descubriendo, y por qué no, empezar una vida  saludable.

Enfundada en mis mayas negras y rosas que pensé eran demasiado llamativas para mi propósito hasta que descubrí que todos los que corren llevan algo fosforito, y que me parecían demasiado estrechas, pero ahora me hacen un culo precioso, comencé a correr, bueno comencé a caminar porque el primer día, nada más empezar, no llevaría ni tres  minutos corriendo, pensé que moría por falta de oxigeno y tuve que parar, y camine otros tres minutos y volví a correr otros tres… y a los dos días, cuando las agujetas (nuevas agujetas) me dejaron volver a intentarlo, hice lo mismo pero cinco minutos corriendo, cinco caminando  y al mes estaba corriendo veinte minutos seguidos.

… Y me enganche como a tantas otras cosas, me enganche a correr, a una serie de sensaciones nuevas que nunca había experimentado, mis músculos en tensión, mis pulmones al máximo de su capacidad, mi corazón desbocado, pensar que no voy a poder a hacerlo y lograrlo. Me enganche al placer que sentía mi cuerpo y mi cerebro al terminar una carrera, sobre todo eso,  mi cerebro, porque mientras corría, solo pensaba en respirar, en nada mas, no había problemas, no había trabajo, no había marido, no había amante, ni culpa, solo zancadas y respiración.

Y de correr por el parque de al lado de mi casa de noche para que nadie me viese, pase a correr por lugares más grandes, rutas más largas y más concurridas, no os podéis ni imaginar la de gente que corre.

Al principio no era capaz de levantar los ojos de mi camino, pero poco a poco comencé a disfrutar del paisaje y de los demás corredores. Porque bien es cierto que hay mucho aficionado en pantalón corto, pero también hay mucho profesional, muchos bomberos,  aspirantes a bomberos o policías, policías, triatletas, maratonianos, monitores deportivos, hombres que se cuidan… ¿para que continuar si ya os hacéis una idea?

Y si sales más o menos a la misma hora, te encuentras a los mismos.

Así fue como conocí a Héctor. Yo corría y él estiraba, él calentaba y yo movía mi precioso culo torneado y envuelto en lycra cuando pasaba a su lado. El me miraba y yo no podía evitar sonreír y pasar de largo. Hasta que un día se puso a mi altura y me dijo:

-¿Te importa si corremos juntos?

Y mientras corríamos me contó su vida, tenía 25 años trabajaba de administrativo a media jornada y el resto del tiempo lo dedicaba a prepararse las oposiciones de bombero, su máxima aspiración. Él hablaba y yo le miraba y asentía o sonreía, si hablaba no podía respirar y estaba sin resuello.

Cuando había corrido a su lado más que en toda mi vida paramos, yo agotada, él fresco como una lechuga  y me dijo:

-¡Ahora a estirar!

Y yo no había estirado nunca pero me explico cómo hacerlo: “Sube la pierna, ¿sientes los gemelos?, así muy bien, ahora los abductores, así no” y cogía mi pierna, la levantaba y con sus manos me indicaba como tenía que hacerlo y acariciaba mis músculos tensos, “ves, así, ¿sientes como se estira?” Y yo solo sentía sus manos en mis muslos.

Y así todos los días, estaba esperándome en el mismo sitio, calentábamos y corríamos juntos  y luego estirábamos y yo me dejaba indicar y me dejaba acariciar y nos reíamos de mi ignorancia y levantaba mis brazos y los recorría suavemente con sus manos y se ponía detrás de mi  y me enseñaba que posturas tenía que adoptar y así, detrás de mí, muy cerca sentí por primera vez la dureza de su miembro rozando mi culo y sentí sus labios en mi oreja susurrando hacia donde me tenía que mover  y yo me movía buscando esa rigidez que quería dentro de mí.

Empezamos a intercambiar fluidos corporales en forma de sudor, cada vez más cerca, cada día las caricias más largas, cada día estirábamos menos y nos acariciábamos mas, cada día su sexo más duro y más cerca de mí, hasta que un día no pudo mas:

-Vamos a mi casa a darnos una ducha- me dijo.

Y asi fue como yo me enganche a correr y Héctor se enganchó a mi.

Agujetas de placer

Lo que yo no sabía es que el olor a piel y sexo perdura durante días aun cuando te has frotado tu cuerpo en la ducha tan enérgicamente como yo lo hice. Se huele, el sexo se huele y el sexo adultero huele de una forma especial. Huele a su colonia, a su sudor, a la humedad de su sexo y el tuyo a todo eso y a culpa.

Pero… lo que me atormentó en las horas que siguieron a mi debut en el mundo de la lujuria fue si mi marido lo notaría. Si mi sonrisa permanente y mi cara de satisfacción le darían pistas sobre lo ocurrido aquella noche. Según pasaban las horas y los días aquel miedo desapareció junto con las agujetas provocadas por mi maratoníana noche de sexo.

Agujetas en los brazos, los muslos, el pecho, los costados, el cuello, agujetas en todos y  cada uno de los músculos de mi cuerpo. Por que aquella noche después de mucho tiempo los utilicé todos.

Aquella noche descubrí posturas, arriba, debajo, de  un  lado de otro,por delante, por detrás,  mis piernas por encima de sus hombros, sus brazos empujando los mios. Su lengua en mi sexo, mi boca en el suyo, mis manos tocándome, tocándole y todo esto por puro placer. PLACER.

No pensaba en lo que vendría después. No existía la presión de saber si me llamaría porque me daba igual, aquello era sexo y solo sexo.

¿Quiero repetir? SI

¿Con él? No lo sé.

Tengo claro que quiero volver a sentirlo, volver a sentirme deseada y viva, volver a desear. Pero hoy al dirigirme al trabajo aun con mi sonrisa de “bien follada” en la cara me he dado cuenta de que en la calle había tantos tipos follables como ganas tuviese yo de hacerlo.

En mi primera visita a un centro de salud me ha tocado esperar. He cogido mi libreta del bolso y he elaborado una lista de todo lo que he aprendido en estos días:

1- la culpa no se nota, solo la hueles tú.

2- es posible encontrar placer en el ejercicio físico

3- no estoy en forma, necesito ejercitar mis músculos.

Sobre este tercer punto me paré a pensar en la posibilidad de ocupar la hora espera de las clases de futbol de Alex, realizando alguna actividad en el polideportivo pero la idea de que Dani me vea sudar fuera de la cama  no me resulta atractiva así que decidí salir a correr.

Después de una visita rápida a Decathlon, enfundada en una mayas negras y rosas comencé mi entrenamiento pre-sexual.

 

 

 

Dejándome llevar…..

Aquella noche salí de casa para convertirme en otra persona, pero volví.

Volví con el corazón revuelto, la cabeza dividida, la emoción instalada en las venas, el deseo alojado en mi sexo y recorriendo todo mi cuerpo y una sonrisa de placer en la cara.

Cuando monté en el coche los nervios colapsaban mi pensamiento y me perdí. Literalmente, me perdí, me desoriente. No conocía el camino y no podía concentrarme en llegar, solo podía pensar en si mi vestido rojo era demasiado atrevido y si la humedad de mis bragas mojaría mi arriesgado atuendo.

La carretera estaba extrañamente solitaria, solo mi coche iluminaba la oscuridad absoluta, la negrura nocturna. Estaba completamente pérdida en una carretera solitaria, pero no sentí miedo ni desasosiego, temía mas lo que me esperaba al final del camino.

Recorrí kilómetros oscuros, deje atrás mi casa, me alejaba y notaba como me desprendía de algo que me había pertenecido durante mucho tiempo, ponía tierra de por medio, soltaba lastre, me despojaba de mi vieja piel cual serpiente, para enfundarme una nueva, diferente a la anterior y mucho más suave.

¿Serian los remordimientos lo que dejaba atrás? O ¿Serían mis principios?

Su presencia me desarmo por completo, me dejo sin argumentos y sin voluntad propia.

Estaba guapo aquella noche, mucho más de lo habitual. Camisa blanca remangada, vaqueros gastados y zapatos. La barba perfectamente arreglada, y un olor nuevo en su piel y yo que me había acostumbrado a verle en chándal o ropa de deporte y con ese denso olor que caracteriza a los gimnasios supe que deseaba tenerle dentro de mí.

No puedo recordar que cenamos, solo recuerdo que mientras lo hacíamos nos devorábamos con los ojos, saboreábamos nuestras palabras y las ganas de más, las risas inquietas disimulaban nuestro apetito de piel. Deseaba que me tocase.

Y con una sola caricia supe que podía hacerlo, que estaba preparada mental y físicamente para que me acariciase el cuerpo entero. Nos reíamos de no se qué, cuando su mano acarició mi brazo desnudo y sufrí una descarga eléctrica que erizo mi piel e hizo que desapareciera la sonrisa de mi boca. Clavé mis ojos en los suyos y le dije sin palabras: “sigue acariciándome”, y él, mirándome, leyendo el deseo en mis ojos, siguió acariciando mi brazo, suave y lentamente con el dorso de la mano primero, subiendo hasta mi hombro para quedarse allí y con la yema de los dedos rozar mi cuello que ansiaba ya sus manos.

Retiró el pelo de mis hombros, acerco sus labios a mi oreja, pensé que iba a decirme algo, pero no. Sus labios me rozaron, recorrieron mi lóbulo. Su respiración entrecortada penetraba en mi oído taladrando de anhelo mi cerebro. Y sin poder evitarlo mi espalda se arqueó de placer, gemí, se me cortó la respiración y busque sus labios con mi cuello.

  • ¿Nos vamos?- susurro en mi oído.

Le mire, rocé su oreja con mis labios y susurre un siiiiiiiiiii muy largo.

Salimos de allí como si el fuego que sentíamos dentro estuviese quemando el restaurante. Me temblaban las piernas. Me sentía muy húmeda y no sabía dónde íbamos. ¿A su casa tal vez? ¿Al coche? ¿A algún rincón oscuro y solitario? El parecía tenerlo claro, se adelantó para indicarme el camino a seguir, me tendió la mano y se la di sin dudarlo, tiró con fuerza de ella y me atrajo hacia su cuerpo, rodeo mi cintura con sus brazos juntando nuestras caderas.

De repente mi espalda estaba contra una pared atrapada entre su cuerpo fuerte y lleno de deseo. Sus manos perdiéndose dentro de mi vestido rojo. Ya no preocupaba que mi excitación fuera evidente, no me preocupaba la humedad que sentía entre mis piernas ni el calor que desprendía mi cuerpo solo quería saciar mi sed de él.

Mis manos en su nuca, mi frente pegada a la suya y nuestras bocas entreabiertas sin rozarse.

Acomodé mis caderas para sentir su erección entre mis piernas y pensé que no me sostendrían cuando Dani hundió su mano en mi sexo.

Un gemido de placer incontrolado surgió de mi interior y quise más, mucho más.

Y me deje llevar.